Manifiesto

Fundamentos científicos y distinciones epistémico-metodológicas aplicables al ámbito profesional formuladas por el Dr. Leonardo Ravier

1. Jerarquía cognoscitiva: ante actio, post actio e in actio

1.1. Fundamento científico de primera referencia (ante actio): ciencia eidética o de las estructuras necesarias

E l fundamento científico de primera referencia, o ante actio, designa —en la formulación desarrollada por el Dr. Ravier— el nivel más puro y universal del conocimiento: aquel que no depende de la experiencia empírica externa, ni de los casos particulares, ni de las metodologías operativas, sino de las estructuras necesarias que hacen posible cualquier fenómeno humano. Se trata del dominio de la ciencia eidética, cuyo objeto no son los hechos históricos, sino las condiciones que permiten que los hechos puedan darse. En este territorio no se describe lo que ocurre, sino lo que tiene que ser para que algo pueda ocurrir sin caer en contradicción. Es el plano donde se formulan los axiomas, las categorías y los principios que anteceden lógicamente a toda acción, y donde el pensamiento opera en un modo estrictamente lógico-deductivo.

Aunque la ciencia eidética no depende de la experiencia empírica ni del experimento externo o físico, sí se apoya en una forma de experiencia interna —el experimento mental, tal como aclara el Dr. Ravier— mediante la cual el pensamiento capta, discrimina y deduce las estructuras necesarias. Este tipo de experiencia no contradice el carácter ante actio de la ciencia eidética, sino que constituye el modo propio en que la mente reconoce los axiomas y categorías que la acción humana exige.

Este fundamento es previo a cualquier aplicación práctica y previo incluso a la observación empírica. No toma su legitimidad de la verificación, sino de la necesidad interna del propio razonamiento. La conciencia, la intencionalidad, la libertad, el tiempo, la estructura de la acción, la dinámica constitutiva del conocimiento humano —incluida su dimensión tácita— no son aquí objetos contingentes, sino elementos indispensables sin los cuales ninguna actividad humana sería comprensible. Tales elementos no se postulan, se reconocen: aparecen como condiciones de posibilidad de toda experiencia, y por ello ocupan un lugar primario en cualquier construcción teórica rigurosa.

El ante actio es, por tanto, el punto de partida de cualquier disciplina que aspire a coherencia. Allí se determina la arquitectura necesaria que sostendrá todo lo que después se despliegue en metodologías, prácticas o aplicaciones. Su función es ofrecer un marco sólido y estructural, tal como formula el Dr. Ravier, que permita anclar cualquier desarrollo teórico en principios que no dependan de modas, herramientas o interpretaciones circunstanciales. Aunque dicho marco pueda expresarse o articularse de distintos modos, su esencia permanece constante y sirve de referencia estable para fundamentar, con coherencia, las construcciones posteriores de una disciplina. De esta manera, el fundamento eidético proporciona el terreno firme sobre el cual puede edificarse, sin contradicción, todo aquello que una disciplina requiera para volverse operativa en el mundo.

Este nivel no prescribe contenidos ni procedimientos. Define, más bien, el esqueleto lógico de aquello que toda disciplina debe respetar para resultar coherente con la naturaleza de la acción y del conocimiento humanos. Su relevancia no radica en la cantidad de afirmaciones que contiene, sino en su cualidad: son afirmaciones que no se pueden negar sin usarlas para negarlas. Esa es la medida de su necesidad. Por ello, el fundamento de primera referencia no es solo el comienzo de todo cuerpo teórico, sino su límite último: aquello a lo que, inevitablemente, toda explicación debe regresar para no disolverse en arbitrariedad o eclecticismo.

El ante actio constituye el nivel científico más alto y más general en el que es posible situarse para comprender cualquier fenómeno humano sin perder rigor. Es el espacio donde se captan las estructuras esenciales, universales y previas a toda práctica. Y es desde ese espacio —puro, abstracto, estrictamente lógico— desde donde se puede construir, con solidez, cualquier propuesta profesional o académica que pretenda ser coherente consigo misma y con la realidad que describe, tal como establece el Dr. Ravier en su arquitectura jerárquica de niveles cognoscitivos.

1.2. Fundamento científico de segunda referencia (post actio): constatación empírico-experimental

E l fundamento científico de segunda referencia, o post actio, se sitúa en un plano distinto del que ocupa la ciencia eidética. Mientras el ante actio determina las condiciones necesarias de toda acción humana, el post actio introduce la observación, la experiencia y la verificación empírica como fuentes subsidiarias de conocimiento. Aquí ya no se trata de deducir lo universal desde lo necesario, sino de examinar cómo esas estructuras universales se manifiestan en la realidad concreta, en los comportamientos observables, en los procesos internos de aprendizaje y en la reorganización tácita que ocurre en la vida psicológica, relacional y organizacional de las personas.

Este nivel no crea principios; los contrasta. No deduce axiomas; observa hechos. No determina lo que debe ser, sino lo que es cuando la experiencia humana se desarrolla espontáneamente bajo determinadas condiciones. Su propósito no es sustituir al fundamento eidético, sino complementarlo desde la perspectiva de la evidencia: identificar regularidades, dinámicas recurrentes, patrones de conducta y procesos internos cuya existencia se corrobora una y otra vez en la experiencia vivida. Por ello, este fundamento trabaja con hipótesis que pueden ser confirmadas, matizadas o refutadas, pero siempre bajo la exigencia de no contradecir lo establecido en el nivel previo.

En el post actio adquiere especial relevancia el reconocimiento de la dimensión tácita del conocimiento humano. No como un concepto abstracto, sino como un fenómeno verificable en la experiencia: la persona aprende, comprende y actúa desde elementos que no puede verbalizar por completo, que emergen de su propia historia vivida y que se reorganizan sin intervención externa directa. Esta constatación empírica —presente en distintas tradiciones de investigación psicológica, cognitiva y organizacional— muestra que gran parte de lo que el ser humano comprende o mejora proviene de procesos internos no lineales, acumulativos y difícilmente reducibles a instrucciones explícitas.

La ciencia empírico-experimental de segunda referencia se ocupa precisamente de esta dinámica: de describir cómo las personas enfrentan la incertidumbre, cómo elaboran sentido, cómo emergen cambios en la conducta y en la percepción, cómo se transforman los marcos internos de referencia y cómo se reorganiza, en silencio, aquello que sostiene su acción. En este nivel aparecen los estudios observacionales, los análisis de caso, las investigaciones cualitativas y cuantitativas, así como la evidencia conductual, relacional y organizacional que permite afirmar que ciertos procesos ocurren de manera regular y predecible, aun cuando su origen último dependa de lo tácito.

Este fundamento no prescribe cómo debe actuar un profesional, ni define métodos operativos. Más bien ilumina por qué ciertas condiciones favorecen la emergencia del conocimiento propio de la persona, por qué determinados contextos generan mayor claridad interna y por qué algunos entornos facilitan tanto el aprendizaje como relaciones operativamente eficientes, mientras otros los inhiben. Tal como subraya el Dr. Ravier, este nivel también permite comprender de qué modo la experiencia vivida revela la coherencia —o incoherencia— entre la finalidad asumida y los modos operativos que la persona o el grupo emplea en su acción. Su función es ofrecer evidencia suficiente para comprender qué sucede en la experiencia cuando el ser humano piensa, decide, aprende, actúa y se transforma, sin imponer directrices sobre lo que debería suceder, pero manteniendo la autoexigencia de procurar actuar siempre en correspondencia y adecuación con la realidad que la propia experiencia manifiesta.

El post actio recoge, organiza y contrasta la experiencia humana concreta para mostrar, desde la observación, cómo operan realmente las estructuras universales del ante actio. No crea su propio edificio teórico, sino que confirma, complementa y matiza lo ya establecido como necesario. Es el ámbito en el que la teoría se encuentra con la vida, donde lo universal se expresa en lo particular, y donde la coherencia de una propuesta científica puede evaluarse también a través de sus manifestaciones empíricas.

1.3. Fundamento científico de tercera referencia (in actio): ciencia aplicada y realización operativa coherente

E l fundamento científico de tercera referencia, o in actio, representa el nivel donde la teoría se vuelve práctica, donde los principios y evidencias de los fundamentos previos adquieren forma operativa en el mundo real. Si el ante actio determina lo necesario y el post actio observa lo que sucede, el in actio se ocupa de lo que se hace: de la puesta en acto, del tránsito desde la comprensión a la realización. Es el territorio de la ciencia aplicada, aquella que no crea nuevos axiomas ni nuevas leyes empíricas, sino que traduce lo ya comprendido en estructuras, procedimientos o modos de actuación coherentes con la naturaleza humana y con el sentido de la acción.

En este nivel se articulan los criterios prácticos que permiten que un marco teórico sea realmente utilizable, sin caer en contradicción con sus fundamentos. No se trata de imponer técnicas, ni de diseñar métodos arbitrarios, sino de establecer las condiciones adecuadas para que el despliegue de la acción sea coherente con aquello que la teoría ha demostrado como necesario y que la evidencia ha mostrado como real. Tal como subraya el Dr. Ravier, la ciencia aplicada en este nivel no se concibe como un conjunto instrumental de herramientas, sino como la capacidad de construir modelos de actuación que respeten tanto la estructura de la acción humana como la dinámica de su aprendizaje y reorganización interna.

El in actio opera, por tanto, en el punto exacto donde teoría y experiencia se encuentran en la práctica. No actúa sobre la persona, sino sobre los marcos en los que la acción se desarrolla; no intenta dirigir los contenidos internos del sujeto, sino crear entornos, dinámicas y modos relacionales que permitan que lo humano se exprese con su mayor nivel de coherencia. Es una ciencia que reconoce límites: sabe que no puede sustituir los procesos naturales de la conciencia, la libertad, la confianza, el aprendizaje tácito, la cooperación o la relación medio-fin. Por eso se orienta a diseñar contextos de actuación que no interfieran en esas estructuras, sino que las honren y las potencien.

Este fundamento tampoco se contenta con la mera acumulación de prácticas exitosas. Exige que toda aplicación sea evaluada desde la coherencia: que nada de lo que se haga contradiga, directa o indirectamente, los principios eidéticos del primer nivel ni los hallazgos empíricos del segundo. De este modo, el in actio garantiza la unidad interna del modelo: cada acción aplicada encuentra su legitimidad en la teoría, y cada teoría demuestra su relevancia en la aplicación.

Este tercer fundamento no añade contenido nuevo a la teoría: la encarna. Es el espacio donde se diseñan modelos operativos, procedimientos prácticos, marcos de relación o estructuras organizativas que permiten que lo comprendido se convierta en acción efectiva, sin perder su fidelidad a la naturaleza de lo humano. Es aquí donde la propuesta científica adquiere su verdadera trascendencia: no como un conjunto de ideas abstractas, ni como un repertorio de observaciones empíricas, sino como una forma concreta y coherente de actuar en el mundo.

2. Epistemología del engendramiento

L a distinción epistemológica entre conocimiento técnico y conocimiento tácito constituye un eje fundamental para comprender la naturaleza real del pensar humano y, en consecuencia, la naturaleza real de cualquier proceso de aprendizaje, comprensión o transformación. El conocimiento técnico es explícito, formulable, transmisible, acumulable y susceptible de ser representado mediante conceptos, instrucciones, modelos o procedimientos. Es el tipo de conocimiento que puede ser ordenado, enseñado y replicado de manera relativamente estable, y cuya validez depende de su correcta formulación y coherencia lógica. Sin embargo, su importancia es siempre secundaria, porque se apoya en una capa más profunda de la cognición que no puede expresarse plenamente en palabras.

Ese nivel más profundo es el conocimiento tácito. Su naturaleza no es meramente complementaria ni auxiliar: es constitutiva. Es la matriz preconceptual en la que se apoya toda comprensión, todo juicio, toda elección y toda forma de saber humano. No es un “saber oculto” ni un “instinto” indeterminado, sino el fundamento vivo desde el cual una persona percibe, discrimina, interpreta y crea sentido. A diferencia del conocimiento técnico, el tácito no puede ser transmitido directamente. Solo puede ser despertado, ampliado o reorganizado desde la experiencia misma del sujeto. En él residen las habilidades no verbalizables, las intuiciones estructuradas, la sensibilidad para captar patrones, la capacidad de reconocer la calidad de una acción y, en general, la dimensión más auténtica del aprender humano.

Este tipo de conocimiento no se impone desde fuera, sino que emerge desde dentro. Es un proceso en el que la persona integra percepciones, experiencias, reflexiones y tensiones internas hasta que, sin un acto explícito de instrucción, aparece una nueva comprensión. A ese fenómeno natural y profundamente humano el Dr. Ravier lo denomina engendramiento. El engendramiento no es una metáfora, ni un recurso poético, sino la forma más precisa de describir cómo se produce verdaderamente el conocimiento significativo: no por transferencia, sino por revelación progresiva de lo que ya estaba latente en la estructura cognitiva del individuo. Es una reorganización interna cuyo resultado no deriva de haber recibido contenido, sino de haber activado una capacidad.

Por ello, el conocimiento tácito es primario y el técnico es derivado. El técnico solo puede operar sobre la base de lo que el tácito ya ha organizado previamente. Es siempre el segundo nivel, el que viene después, el que recubre y formaliza, pero no el que genera. Todo aprendizaje auténtico comienza en lo tácito, no en lo explícito. Toda comprensión profunda se produce primero en silencio, antes de poder expresarse en conceptos. Toda decisión humana relevante se apoya en intuiciones y discriminaciones que no pueden ser reducidas del todo a reglas. Y toda verdadera innovación nace de este territorio interior donde el sujeto articula sentidos que aún no existen en forma técnica.

Comprender esta distinción es entender que no existe desarrollo humano si no es a través del engendramiento, y que el conocimiento técnico solo adquiere utilidad cuando es integrado por esa dimensión tácita que lo sostiene y lo hace inteligible. La prioridad epistemológica del conocimiento tácito no es solo una observación descriptiva de cómo funcionan las personas, sino el reconocimiento de que la verdadera fuente del saber humano se encuentra en esa dinámica interna que no puede ser sustituida por explicaciones, contenidos o procedimientos. Ese es, en definitiva, el núcleo epistemológico sobre el cual se articula cualquier modelo que pretenda respetar la naturaleza real del conocer humano.

3. Distinción metodológico-operativa y su coherencia con la naturaleza del conocimiento y la finalidad

L a distinción metodológico-operativa depende siempre de la categoría epistemológica y/o teleológica que se requiera considerar en cada nivel de análisis. No existe un único modo de actuar válido para todo propósito, porque cada finalidad y cada tipo de conocimiento implican un marco metodológico diferente y no intercambiable. La metodología no es algo que se añade externamente a una disciplina, sino la consecuencia natural de comprender qué tipo de realidad se está tratando, cuáles son sus condiciones de posibilidad y qué finalidad se persigue al intervenir en ella. Por eso, el modo correcto de actuar solo puede derivarse de la estructura del conocimiento implicado y del propósito que orienta la acción.

Cuando la categoría epistemológica corresponde a lo eidético —lo necesario, lo universal, lo anterior a la experiencia— el método adecuado es estrictamente lógico-deductivo. En este ámbito, toda interferencia empírica distorsionaría el objeto, porque lo que se estudia no son fenómenos contingentes, sino estructuras invariables. La operación metodológica, por tanto, se limita a la clarificación conceptual, la deducción rigurosa y la identificación de contradicciones. El método no interviene en la realidad, sino que la funda conceptualmente.

Cuando la categoría epistemológica corresponde a lo empírico —lo que acontece, lo que se observa, lo que puede verificarse en la experiencia— el método se abre a la contrastación, la observación, la comparación y el análisis experimental. Aquí la finalidad no es deducir lo necesario, sino reconocer cómo se expresa lo real bajo condiciones concretas. El método se vuelve experimental sin perder la subordinación lógica al fundamento anterior. La acción metodológica no crea patrones, sino que detecta los que emergen espontáneamente.

Cuando la categoría teleológica se orienta a la aplicación —a la acción concreta, a la realización operativa de un propósito— la metodología se convierte en un puente entre lo que la teoría exige y lo que la experiencia confirma. Es un nivel donde el método no puede ser arbitrario, porque debe respetar tanto las estructuras eidéticas como las dinámicas empíricas. La acción práctica no puede contradecir la naturaleza de aquello sobre lo que actúa; de ahí que la metodología operativa sea, en última instancia, una forma de coherencia.

Así, la distinción metodológico-operativa no surge de preferencias personales ni de tradiciones profesionales, sino de una exigencia epistemológica y teleológica: cada tipo de conocimiento pide su propio método, y cada finalidad determina el modo en que ese método debe realizarse. Confundir estos niveles lleva al error de aplicar procedimientos propios de una categoría en un ámbito que pertenece a otra, produciendo intervenciones incoherentes o ineficaces. Comprenderlos, en cambio, permite actuar con precisión, respetando la naturaleza del conocimiento, el sentido del propósito y la lógica interna de la acción humana.

4. Posicionamiento histórico-crítico y depuración conceptual

E l posicionamiento histórico-crítico parte de la comprensión de que toda disciplina, para alcanzar coherencia y solidez, debe revisarse a sí misma a la luz de su propia genealogía. Ningún campo del saber surge de la nada: toda práctica, teoría o metodología está inscrita en una secuencia evolutiva de ideas, influencias, tensiones y rupturas que deben ser reconocidas, examinadas y depuradas. Este reconocimiento no pretende construir una autoridad basada en la tradición, sino identificar con precisión qué elementos han contribuido de manera legítima al desarrollo de una disciplina y cuáles han introducido ambigüedades, errores metodológicos o desviaciones conceptuales que impiden su maduración científica.

La actitud crítica-revisionista no consiste en una lectura arqueológica del pasado, sino en un modo de pensar que exige claridad y depuración permanente. Implica examinar las raíces conceptuales, rastrear los presupuestos implícitos y poner a prueba su coherencia con los fundamentos eidéticos y empíricos previamente establecidos. Aquello que no resista este análisis se descarta; aquello que sí lo haga se incorpora como parte de una evolución necesaria y no como una repetición pasiva. De este modo, la historia no opera como un depósito de autoridades, sino como un proceso autorregulado de selección intelectual en el que prevalece lo que se mantiene coherente con la naturaleza de la acción y del conocimiento humano.

Este posicionamiento no es voluntarista, sino espontáneo-evolutivo. Las ideas que perduran no lo hacen por imposición, sino porque responden a estructuras profundas que siguen actuando independientemente de los contextos en los que aparezcan. La historia, vista desde esta perspectiva, revela un movimiento constante de aproximación hacia aquello que, por naturaleza, ya estaba presente: formas más depuradas de comprender la libertad, la conciencia, el aprendizaje y la interacción humana. Este reconocimiento permite distinguir entre modas intelectuales y desarrollos genuinos; entre aportaciones contingentes y descubrimientos que se alinean con la estructura eidética de lo humano.

Así, la investigación y la aplicación práctica se orientan no por la acumulación indiscriminada de teorías, sino por la capacidad de identificar en el devenir histórico lo que emerge de manera coherente y sostenida. La evolución de una disciplina se convierte entonces en un proceso de decantación: una eliminación progresiva de lo accesorio y una consolidación natural de lo esencial. El pensamiento crítico no destruye la tradición, pero tampoco la venera; la reorganiza, reconociendo la continuidad subyacente entre aquello que se revela necesario en la estructura humana y aquellos autores o corrientes que, de manera más clara, han sabido captarlo.

El resultado es una orientación histórica que no se limita a narrar influencias, sino que permite comprender por qué ciertas ideas reaparecen y se fortalecen en distintas épocas, mientras otras se disuelven. Esta perspectiva, al mismo tiempo analítica y evolutiva, ofrece un marco seguro para investigar y actuar: permite avanzar sin perder contacto con lo esencial y, a la vez, revisar sin destruir lo que ha sido construido con fundamento. En última instancia, este posicionamiento histórico crítico-revisionista establece un criterio legítimo y estable para discriminar qué merece ser incorporado en una disciplina y qué debe ser descartado, garantizando así un desarrollo ordenado, coherente y fiel a la naturaleza misma del fenómeno humano.

Versión 01/01/2026